Tres pymes argentinas que, a costa de esfuerzo y perseverancia, consiguieron ese objetivo tan deseado: atravesar las fronteras de nuestro país y colocar sus productos en mercados internacionales.

A cualquier dueño o dueña de una pyme local le brillan los ojos ante la posibilidad de acceder con sus productos y/o servicios a mercados internacionales. Para la gran mayoría de las empresas el éxito pasa por ahí. Exportar con valor agregado, establecer un sistema de franquicias, sostener en el tiempo las actividades de comercio exterior… No es tarea fácil: hace falta mucho esfuerzo, tomar riesgos y tener cintura para adaptarse a coyunturas que siempre están cambiando tanto puertas adentro como fuera del país. Pero los casos de éxito de algunas pymes nos demuestran que el comercio exterior es un camino posible y, por supuesto, recomendable.

El primero de los ejemplos tiene como protagonista a Belén Avico. Belén es la máxima responsable de “Cura Té Alma”, una pyme cordobesa con sede en la localidad de Río Cuarto. El nombre de la marca nos adelanta de qué va el negocio: té en hebras de origen argentino. Nuestro país ofrece muchas variedades de flores, hierbas, frutas y especias que posibilitan blends de excelente calidad y con valor agregado. Entonces, ¿por qué no colocar estos productos en las góndolas de otros mercados?

El objetivo de la empresa es terminar de hacerse fuerte en nuestro país y a la vez conquistar paladares extranjeros a través de un sistema de franquicias. Una de ellas ya funciona cruzando el charco, en Uruguay.

A “Cura Té Alma” la empujaron organismos específicos. Contó con el apoyo de la Agencia Argentina de Inversiones y Comercio Internacional, y la seleccionaron para participar del programa “Acelerar España”. Esta iniciativa del país europeo promueve la internacionalización de las startups y pymes argentinas para acompañarlas en su desembarco del otro lado del Atlántico. La lección: existe ayuda disponible, y hay que dejarse ayudar.

El segundo caso es el de una fábrica de pastas. 39 años atrás, Ángel Parente comenzó con “Villa D’Agri” en un espacio de apenas 21 m2. En el frente de su casa, y equipado con una única máquina con la que hacía fideos, ñoquis y ravioles, Ángel producía seis kilos de pasta cada hora. Hoy la realidad de la marca es otra. “Villa D’Agri” produce unas nueve toneladas por hora y tiene alrededor de 300 empleados. Por supuesto, semejante volumen de producción se reparte entre Argentina y países como Uruguay, Chile, Paraguay, Colombia, Brasil, Estados Unidos, Gran Bretaña… Ángel afirma con orgullo que sus tapas para empanadas se pueden encontrar incluso en Arabia.

En la historia de esta marca es fundamental la reinversión del capital. Maquinarias con nueva tecnología, una fábrica más grande con espacio suficiente, y hasta laboratorios propios donde se hacen controles de calidad de punta a punta, es decir, desde que la materia prima llega a la empresa hasta que los productos ocupan sus lugares en las góndolas. Y no sólo eso: “Villa D’Agri” decidió incorporar su propio departamento de Comercio Exterior y Aduana en planta.

La tercera y última de las historias nos ubica en el rubro textil de la mano de la marca “Chilleout”. Los fundadores son un matrimonio que estableció su fábrica en Ciudadela, donde trabajan alrededor de 38 personas más. Empezaron muy de a poco, y a fines de 2019 registraron una producción de 450.000 unidades y una facturación anual de $100 millones. Exportan sus prendas de manera directa a Uruguay, Paraguay y Chile. Y además abastecen a grandes cadenas como por ejemplo Falabella.

Para “Chilleout”, la clave del éxito radica en cumplir a rajatabla con los estándares que demanda el negocio de la exportación. Una calidad cuidada de forma meticulosa, la capacidad de reproducir hasta el más mínimo detalle en una prenda y entregas siempre a tiempo. No por nada, esta pyme del conurbano bonaerense ostenta el título de “Mejor Proveedora Textil Nacional”.